“Aquel que vive para si vive para  el ser mas mezquino del mundo.”

Muchos aplican la ley del embudo: todo para mi, dijo alguien evidentemente rodeado de egoístas.

He oído decir también –no con poca frecuencia- que los tiempos difíciles arrastran mezquindades. De manera que nunca ha existido un tiempo fácil, la presencia del lodo humano viene de la antigüedad, o si no de un ayer. Cierto es que el mundo del hoy, con su publicidad comercial, trata de exacerbar los instintos animales en las personas. Si a esto sumamos que esta propaganda se propone meter un mundo de lujos en las cabezas de millones de tercermundistas, que no tienen a mano a veces ni el agua, se podría suponer un caos espiritual de carácter global. No obstante, prefiero seguir el esperanzador mensaje de un amigo trovador:


“Menos mal que la niebla de estos días se entusiasma, por que así los fantasmas se divisan mejor; por que así los fantasmas nos resguardan mejor.”

No le temamos a los tiempos: ellos no pueden con las buenas almas. Sucede que, en los momentos tensos, a los lobos se les destiñe el disfraz de cordero y parecen mas, pero en realidad son los mismos de siempre: ahora vistos de frente. Los espíritus bien templados no creen en murallas, se crecen ante las carencias, y es en las situaciones más dramáticas donde mejor se aprecia su hermosura. Como dice Silvio Rodríguez; “quien lleva amor asume sus dolores y no lo para ni el sol ni su reverso.”

Hay múltiples ejemplos de seres que ante las dificultades se dejan arrastrar y sacan lo que tienen de retrógrados dentro: el que, a la hora de abordar un ómnibus, se lanza hacia la puerta repartiendo codazos cual si estuviera en los segundos finales de un partido de baloncesto, o el que viaja sentado y le importa un comino que vallan parados a su lado una anciana, un niño, o una embarazada; el que sustrae algún producto de su centro de trabajo para luego venderlo en la calle; el que recibe visita a “hora inapropiada” y esconde los platos de su mesa como si toda ración –por escasa que sea- no tuviese mitad; el que devora la merienda que trajo de la casa en el albergue de la beca, tras el toque de silencio, atragantándosela solo, bajo la sabana; o el que tiene gran dominio en determinada materia y no quiere estudiar con otros compañeros para sobresalir en los exámenes después. En fin, hay diversos grados de bajezas humanas que vemos con frecuencia a nuestro lado y tienen como raíz el egoísmo. 

Juan Ramón Jiménez advirtió: Ten cuidado, cuando besas el pan… ¡Que te besas la mano! Y, ciertamente, quien hace un dios de los objetos, termina encerrado en si mismo creyendo que todo se lo merece por en cima del resto de los mortales. 

De ahí que envidie los dones o éxitos de sus compañeros y se remuerda el hígado cada vez que alguien celebra las virtudes ajenas. Esto lo lleva a poner zancadillas difamando o destilando veneno, como si manchar el prestigio de los demás diese prestigio. 

Son dignos de lastima los acopiados de objetos y los egoístas, por que suelen estar muy solos en la vida.  La gente, en la medida que los conoce, les cierra las puertas de la amistad; cuanto mas, logran asociarse a otro egoísta. El buen amigo admira y aprecia al desinteresado, compartidor, a ese que, lleva por principio siempre, lo tuyo nuestro y lo mío de los dos. 

El curso del tiempo ajusta cuentas con el ensimismado, a quien no sabe encontrar la felicidad de entregarse a los demás, a quien hace sus proyectos sin tener en cuenta a los amigos, a sus compañeros, a su país, a la humanidad. Quien sabe darse a los demás, posee la riqueza mayor, la de vivir feliz consigo mismo.

Esta felicidad no es traducible, va dentro, como una luz interior que alumbra todo camino. Es la fuerza que se autorreconoce y se convierte en buenas acciones, sin esperar nada a cambio; se de ante mano que rara vez cobijan las ramas de un árbol la casa de aquel que lo siembra. Sintetiza José Martí: las cosas bellas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque si; y por que allá dentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil.

No creas en el aparente poder del que TIENE, la verdadera fuerza esta en quien SIENTE, en quien se CULTIVA, en quien conoce la felicidad de DAR y DARCE.

Si logras mostrarle a una persona lo malo que ella esta haciendo, procura hacer entonces lo bueno. La gente cree solo lo que mira. Deja que vea tus obras buenas. Sumérgete en la marea humana que te circunda, busca el fondo de las almas; entrégate con arrojo, sin interés, y lleva contigo esta máxima: no se debe hacer sino aquello que se puede decir. La limpieza de acción aligera el espíritu y te da alas para llegar a lo mas remoto de la vida.

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