“El amor mira a través de un telescopio, mientras que la envidia mira a través de un microscopio.”

El sentimiento afectivo nos ensancha la visión, despeja la mente y alegra el alma, nos dota entonces de la capacidad de asociación que nos conduce a los más ignotos parajes del mágico conocimiento humano. A su vez, los sentimientos oscuros van nublando las entendederas, como pesadillas inconexas, que enturbian la vista; tropezamos entonces una y otra vez, hasta perder el sentido de orientación y contacto con otros seres.

Malas consecuencias trae al alma esta torcedura: así como la polilla arruina la ropa, la envidia consume al hombre. Quizás es una mala hierba sembrada en la niñez, cuando los padres no saben orientarnos ante el deseo de poseer el juguete del otro, o no nos reconocen nuestros primeros aciertos y virtudes. Vamos arrastrando entonces ese mal hábito de medirnos con los demás, de mirar que tiene el otro que a mi me falta, y empieza a funcionar como una mecánica de pensamiento que le otorga a cada semejante la categoría de enemigo en potencia.

Esto puede cobrar carácter de obsesión, si no nos enfrentamos a esos laberintos sentimentales de la auto reflexión. Dijo Napoleón Bonaparte que su esencia no es otra cosa que el deterioro de la autoestima, una inconformidad con uno mismo.

Todos hemos sentido en algún momento de nuestra vida cierta dosis de recelo, pero, como el miedo, tenemos que aprender a vencerlo. Schopenhauer dejo escrito: nadie es verdaderamente digno de envidia; cada ser tiene sus virtudes y defectos, sus dones y debilidades, en cada vida hay problemas. El envidioso busca con inquina la parte virtuosa de los demás como algo que le resta a su felicidad, y cree que derribando la ajena se labra la suya.  Así se retuerce la existencia remordiéndose el hígado con cada logro ajeno, en lugar de ser motivo de alegría y de aprendizaje. “¿Qué es un envidioso? Un ingrato que detesta la luz que le alumbra y le calienta”, dejo escrito Victo Hugo y, ciertamente, el envidioso, ha corroído su alma de tal manera, que lo que puede aportarle belleza o sabiduría, se convierte en un virus.

La claridad interior de las `personas se dibuja en su rostro, en su actuar cotidiano; quien esta seguro de si mismo es abierto, se da con facilidad y sabe ser piadoso, comprensivo, con quienes se equivocan. El que destila odio en cada opinión que vierte, buscando una maldad escondida en cada gesto generoso de los demás, ese que no tiene compasión con nadie, y sobredimensiona exageradamente la mas mínima pifia ajena; ese que disfruta de “dar palos al burro caído” lleva en si la ponzoña venenosa.

 

Dijo Ovidio que “la envidia, el más mezquino de los vicios, se arrastra por el suelo, como una serpiente”. Por eso siempre que se te acerque quien ve todo con gafas obscuras de su mente, puedes pensar como Benedetti “Cuando el infierno son los demás el paraíso no es uno mismo.”

No te dejes arrastrar por los que tienen el habito de cuchichear injurias de los demás, piensa que luego el difamado eres tu; así como se habla de aquel, mañana hablará de ti. Busca la mirada de tu interlocutor; quien tiene la costumbre de soplar flaquezas al oído y no se coloca de frente, lleva por dentro sus dobleces y seria bueno contestarle con estos versos de Safo:

Si tuvieras deseos de bondad y belleza

Y no fuera algo malo lo que tu lengua agita.

No tendrías pudor entre los ojos,

Y hablaras de ello limpiamente.

Dos cosas son indicios de debilidad: callar cuando conviene hablar y hablar cuando conviene callar.

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